Recuerdo hace mucho tiempo, un abril con ganas de ser como mayo del año 1991, cuando pisé en forma conciente tus tierras por primera vez. No llevaba mucho tiempo desde que llegamos con mi madre, y mis dos hermanos menores, Lia y Francisco, desde Arica, a establecernos en Calama buscando una mejor calidad de vida. Mi madre decidió volver a formar una real familia casándose con mi actual y amado padre, razón y decisión por la cual, la empresa nos dió la oportunidad de vivir contigo. Partimos desde cero, con problemas como toda familia de clase baja que quiere surgir, mas eso a mi no me importaba, aún era muy pequeño para empezar a preocuparme por esas cosas de el sacrificio o de las responsabilidades, mas a mi me llamaba la atención conocerte, saber la razón del color de tus tierras y el porque del sabor tan peculiar a metal que me quedaba en la garganta despues de correr cuando jugaba con mis hermanos fuera del departamento. Pero cuando por acidente corrí a la calle a buscar mi pelota que se divertía con mi futuro amigo el viento del Norte, la vi, la razón con la que empecé a conocerte mejor y a quererte: la mansa mina. sip, la torta más grande a la entrada de tu casa, esa que ni lluvias, ni temblores, ni sismos ni temporales de ahí en adelante les animaría a derrumbarla.
Paso el tiempo, entré a la escuela, aprendí a leer, a escribir, a sentir, aprendí poco a poco lo que tú eres, bueno, solías ser. Conforme la familia empezó a crecer y por ende, la casa en la que vivíamos también, de ahí que nos mudábamos cada 3 años a un hogar más grande y algo más acogedor. Me hice de un amigo incondicional, alguien que no teme aullar cuando está emocionado, emocionado por los cambios constantes de la vida y del desierto, tan imperceptibles para nuestras mentes, pero no para nuestros corazones y nuestros cuerpos, es capaz de viajar por todos los caminos hechos por el hombre, e incluso los que no han sido tocados por él, siempre soplando en mi cara refrescándome en los momentos de mi soledad, esa soledad y tranquilidad compulsiva que siempre me gustaba incentivar allá en las alturas. Creo que el viento, mi amigo eterno, es unas de las pocas razones absolutas por las que te recordaré siempre querido campamaneto, que todo lo callas, mas tu silencio lo dice todo.
Crecí, me hice hombre, luego humano, y terminé queriendo ser hijo de minero, un ser duro como la tierra que trabaja, duro, seco, frío y absoluto como el desierto resistentemente celoso del Inti y enamorado de la Pachamama, pero que defiende hasta la muerte lo suyo, lo que ama, lo que necesita. Crecí bajo la tutela de un hombre que desea la distancia, el camino transitado por los vapores de agua que emanan del suelo, endurecido con los kilometros que ha recorrido, que no teme decir lo que cree de la vida pero sin capacidad de demostrar lo que siente ni lo que piensa de su gente. Crecí al lado de una madre incondicional, fluctuante como la escasa agua que escurre por entre la transpiración cuando camino por entre las piedras de tus caminos campamento misterioso, cambiante y adaptable en los momentos mas cruciales, absorvente de rencores que luego se transforman en fantasmas rogando ser demonios, pero que afortunadamente se ven cegados con la luz instintiva y natural que emana de tu sonrisa, de tus lágrimas, de tus sacrificios, de tu pasado tan atormentado como el mío, una luz que existe sólo para disipar esa dulce oscuridad en nuestras esencias humanas. Si, gracias a ti campamento, pude encontrar paz y albergue durante el tiempo que me mantuve cerca tuyo.
Pero lamentablemente llegó el día del inicio de la búsqueda de mi destino, mi leyenda personal o mi razón de existencia, el día donde empecé a demostrar si soy o no soy capaz de valerme por mi mismo, de vivir alejado tuyo, de las cosas que fuertemente me amarraban al mundo templo alejado de esta selva de concreto habitada por las bestias de la sociedad, en otras palabras, dejar de ser niño y comenzar a ser hombre luego humano. Desde lejos te vi fuerte, infranqueable, misterioso, pero en el fondo el tumor de la soledad absoluta creciendo en ti poco a poco te consumía, poco a poco alejaba a los hijos de los mineros, de los cobreros, de los trabajadores de tus brazos adornados de atacamita y azurita, los alejaba de tu sonrisa de cuprita con brillos de calcopirita. La noticia era oficial, abandono voluntario o a la fuerza, pero fuese como fuese, había que irse, sin más que decir. La gente, mi gente, sin levantar armas, ni alzando voces, se dejó yugar y en una marcha, el éxodo fue inminente, paulatino, como un paseo fúnebre.
No pude estar ahí para gritar tu nombre, ni para decirte gracias, ni para dejar alguna marca en ti, un beso quizás, al menos intentarlo para que mi paso por tus caminos fuese eterno, no fuese en vano. No pude estar ahí para vertir mis lágrimas en tus manos de cobre, ni para acompañar a los míos en su dolor y pena, en sus recuerdos recordando los tuyos. Sólo me queda armarme de paciencia, alegrarme y convencerme de que es para mejor, que seguirás en nuestros corazones hasta el fin de nuestros días, que ningún otro lugar será como tú, apacible y respetuoso, con ansias de ser fuerte y constante.
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